Para el aeropuerto de Teruel no tener conexiones de vuelos diarias no es inconveniente para su rentabilidad. El aeródromo de la ciudad se ha postulado a nivel nacional como instalación referente en el almacén de aviones, la escuela de aviación para nuevos pilotos o el banco de pruebas para cohetes. Es decir, ha logrado crear un negocio basado en labores paralelas a la aviación comercial, pero relacionadas con la actividad aeroportuaria, lo que hace de la instalación un enclave rentable a pesar de no gestionar vuelos comerciales. De hecho, los ingresos traducidos de su gestión se traducen en dos millones de euros, con unos gastos de explotación de alrededor de un millón, según ha afirmado Alejandro Ibrahim, director general del consorcio formado por el ayuntamiento y la diputación de Aragón. Se diferencia de este modo de otros muchos aeropuertos españoles, como el de Ciudad Real o el de Castellón, que no han conseguido encontrar la manera de sustentarse y que se han convertido, prácticamente, en instalaciones fantasma.