La histórica ciudad canaria, capital política, administrativa, religiosa, militar, universitaria y económica, fue perdiendo brillo a partir de la segunda mitad del siglo XIX, cuando la capitalidad política y la económica bajaron a Santa Cruz y la militar se fue a la otra gran isla. Solo mantuvo la religiosa —aún hoy es la sede episcopal de la isla— y la universitaria, a pesar de que se han abierto otros centros universitarios.

El alma de Canarias revive de su decadencia, gracias a ese pasado durante el que se construyeron numerosos edificios para albergar todas las instituciones dependientes del poder en sus varias formas, especialmente en el siglo XVIII. No había interés económico en habitar esas mansiones que requerían importantes inversiones, ni en sustituirlas. Por ello, cuando la situación económica lo permitió, los principales edificios se restauraron y fueron ocupados por fundaciones o museos. En total, en el casco antiguo de la ciudad de poco más de 30.000 habitantes hay más de 600 edificios protegidos.

En 1999 fue declarada Patrimonio Universal por la Unesco como el primer ejemplo de ciudad colonial no amurallada, que sirvió de modelo para La Habana, San Juan, Lima o Cartagena de Indias.

Ese casco antiguo, con las principales calles peatonizadas, es una delicia para propios y visitantes, terrazas no abusivas en las plazas y limpieza en las calles permiten que aún se mantenga la histórica tradición del paseo dominical y del aperitivo en los múltiples bares. Hay turistas, claro, aunque muy pocos por las circunstancias especiales, procedentes de los centros turísticos de la isla, que se comportan modélicamente, claramente interesados en la cultura, a pesar de que aún tengan marcado en el rostro las marcas rojas de la despreocupación ante el sol.
 

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Viajar dentro de Tenerife es fácil. La isla es pequeña y las comunicaciones buenas. Un tranvía, por ejemplo, une el centro de La Laguna con el centro de Santa Cruz en menos de media hora, descendiendo de los 600 metros de altura al nivel del mar. En realidad, se trata de una sola conurbación, la mayor de Canarias con más de 600.000 habitantes. Por el camino, la gran Universidad o los principales centros comerciales.

La fundación como San Cristóbal, a finales del siglo XV, se realizó en este lugar sobre la laguna del valle de Aguere, luego desecada, por la protección que ofrecía la altura frente a las aventuras de los piratas y por el clima mediterráneo, más templado y húmedo que en el resto de la Isla.

La proximidad al aeropuerto de Tenerife Norte, menos de diez minutos y 8 euros, convierte a la ciudad en un destino ideal para habitantes de las otras islas o de la Península que pueden disfrutar así de un turismo distinto.

Dentro del casco viejo, la Catedral, la secularizada Iglesia de San Agustín o la Iglesia matriz de La Concepción, la primera del archipiélago, símbolo de la ciudad con su torre renacentista de piedra, son las más significativas de una abundante colección de lugares sagrados. Allí también se encuentran los principales museos, como el de la Historia de la Isla de Tenerife, en la casa Lercaro, ejemplo de casona restaurada, o la Fundación Cristino de Vera.

Muchas cuentan con patios siempre adornados por la exuberante flora local. Algunos alojan agradables restaurantes.

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La Laguna sigue siendo el centro cultural del archipiélago. Allí se alojan distintos institutos como el astrofísico de Canarias o el Cabrera Pinto. El magnífico teatro Leal tiene una interesante programación a lo largo de todo el año, pero en el centro no hay ni un solo cine, se han desplazado a los centros comerciales. Cada temporada actúan los eternos Sabandeños originarios de la vecina Punta del Hidalgo.

Y por supuesto la naturaleza; el Teide imponente siempre presente y fácil de acceder y el Parque de Anaga, dentro del municipio, a 20 minutos del centro, con abundantes caminos a través de empinadas trochas con bosques de laurisilva y otras especies locales e impresionantes vistas al mar y a la montaña.

Como ocurre en casi todas las islas, el pescado no forma parte de la alimentación diaria, que prácticamente se sirve solo en la costa en la que hay notables restaurantes especializados en productos del mar.

Y para los amantes de lo auténtico siempre quedan los guachinches en los que la combinación del vino local del año y platos como ropa vieja y bacalao encebollado nos recuerda que aún quedan lugares genuinos.

Y  los vinos, los Canary wines, que daban fama a esta isla, especialmente los elaborados con malvasía. Como Tenerife no se vio afectada por la filoxera de finales del XIX,  persisten variedades autóctonas que ofrecen originalidad a las cinco denominaciones de origen locales.

Ahora que ya se puede viajar, este es un destino adecuado para la primera salida.