Bien sabe usted, amable lector, lo feo que es irse de una empresa habiendo quedado mal. Pero más feo es tener que quedarse cuando no estás a gusto. En este nuevo artículo reflexiono, desde mi punto de vista, sobre esa vieja mala costumbre de sufrir por hacer currículum estando donde no se debe estar.

Desde mi perspectiva, hay dos variables a la hora de marcharse de un trabajo: la primera es saber cuándo hacerlo y la segunda es hacerlo bien. Muchas veces escuchamos el "estoy mal, pero tengo que hacer currículum", cuando la respuesta es fácil: si no te gusta tu trabajo, cambia. Hoteles hay muchos y para estar a gusto también. Nadie debería estar trabajando en un entorno que no le gusta, por muy bueno que sea el hotel.

Tenemos que saber cuándo ha llegado el momento de decir adiós por el motivo que sea: crecimiento, conciliación, carrera o lo que necesitemos. Todo en exceso es malo y, cuando el trabajo te ha dejado claro que no va a aportar mejoras, a veces para ambas partes es mejor una despedida. Quedarse más tiempo del que podemos dar en un lugar es, al final, quedar mal. Quien se entrega al máximo sin recibir nada a cambio termina como Ícaro: acercándose tanto a un sol ajeno que acaba con las alas quemadas. Llega un momento en que el cambio de aires no es un capricho, sino una necesidad de supervivencia.

Igual, el problema es que no hemos sabido educarnos para entender que todo tiene un límite. Quizá somos los jóvenes los que estamos ayudando a cambiar esto, pese a quien pese. No podemos aceptar cosas en el trabajo que no aceptaríamos en una pareja.

Por otra parte, no siempre nos vamos por algo malo. Crecer en el momento adecuado es precioso.

Además, hoteleros, aprendamos a decir adiós. Dejemos de usar en los hoteles el término «retener talento». No hay que retener a nadie. Hay que educar, enseñar, formar y animar a crecer. Que sea el trabajador el que decida luego qué hacer con esos conocimientos. Irónicamente, el profesional que más tiempo permanece es aquel a quien nunca se intentó retener por la fuerza.

Apostemos por cultivar el talento que elige quedarse, no aquel que se siente obligado a hacerlo. Es bonita la fidelidad, sí, y me voy a morir defendiéndola. Especialmente en una pareja. Sabiendo ser fiel se puede crecer, marcando límites en ambas partes.

Queridas empresas, si alguien se va (por el motivo que sea), no hay que mostrar enfado. He pasado por lugares donde la jefatura olvidó la cortesía básica: despedirse en persona. Independientemente de las afinidades personales, la educación es el estándar mínimo de gestión humana. Al final, el liderazgo se demuestra en las salidas, no solo en las bienvenidas. De todo se aprende, especialmente a no repetir esos silencios.

En fin, aprendamos a irnos y a despedirnos. Nada de pasar los últimos días con mala cara o desmotivados. Trabajemos con la excelencia y calidad humana de la que se enorgullece el sector, desde el día uno hasta el fin de la historia. Todos hemos flaqueado alguna vez; no soy perfecto y algunos lo saben, pero mi compromiso es constante. Aspiremos juntos a que cada trabajo cuente una historia, construida con sinceridad y respeto de principio a fin.

Si hay una vieja costumbre que podemos mantener en hotelería es la del respeto al oficio. No es solo quedar bien con un antiguo empleador, es no ponerte palos en las ruedas a ti mismo. Hablar mal de un sitio habla peor de la persona que del hotel en la mayoría de los casos.

Brevemente: marquemos nuestros tiempos, hagamos las reflexiones que necesitemos y digamos adiós con cariño (siempre que podamos).

Esperemos que nosotros, por lo menos, amable lector, no tengamos que despedirnos de momento.


 

*Cristo González es un profesional turístico, actualmente cursando máster en Dirección de Empresas de Turismo (Dirección Hotelera) y otro en Gestión de Eventos, Protocolo y Turismo de Negocios