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Europa quiere limitar el turismo y al mismo tiempo amplía sus aeropuertos. Esa es la contradicción que plantea un interesante artículo de The New York Times.
Venecia cobra una tasa a los excursionistas para intentar contener la saturación, mientras amplía su aeropuerto para pasar de 11,6 a 20 millones de pasajeros anuales.
Atenas está ampliando su capacidad de 26 a 40 millones.
Barcelona intenta reducir el impacto del turismo sobre la vida residencial mientras avanza el proyecto de ampliación de El Prat.
Y en Mallorca, donde se han limitado plazas alojativas y viviendas turísticas, las llegadas siguen creciendo y el aeropuerto continúa aumentando su capacidad.
El problema no es solo turístico, es de coherencia en la gestión del destino.
Muchas de las medidas destinadas a gestionar la presión turística dependen de ayuntamientos o gobiernos regionales: alojamiento, espacio público, movilidad, tasas… pero una de las principales puertas de entrada al destino —el aeropuerto— suele responder a decisiones tomadas desde otros niveles administrativos y con otros objetivos.
Y ahí está el quid de la cuestión:
Puedes limitar alojamientos, regular apartamentos turísticos, gestionar flujos o lanzar campañas de sensibilización, pero si al mismo tiempo aumentas de forma continuada la capacidad de acceso al destino, agravas la saturación turística.
Movilidad, capacidad, vivienda, experiencia del visitante, economía local y calidad de vida del residente forman parte del mismo sistema.
Eso también es inteligencia turística: entender cómo una decisión tomada en un punto del sistema termina afectando a todo el destino.
*Natalia Zapatero es consultora de marca y marketing, ayudando a marcas turísticas a diferenciarse a través de su identidad, relato y experiencias.
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