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Trabajar a más de 10.000 metros de altura implica mucho más que afrontar turbulencias o cambios de huso horario. Los tripulantes de cabina de pasajeros (TCP), un colectivo imprescindible para el funcionamiento del transporte aéreo y de la industria turística, llevan años alertando de la elevada incidencia de determinadas patologías, especialmente las relacionadas con la salud oncológica-ginecológica. Desde el Sindicato Independiente de Tripulantes de Cabina de Pasajeros de Líneas Aéreas (SITCPLA) sostienen que estas enfermedades presentan una frecuencia superior a la de otros colectivos laborales y reclaman que estos riesgos sean reconocidos en la evaluación de la penosidad de la profesión.
"La primera mayor incidencia es la oncológica-ginecológica. Eso está demostrado", asegura Antonio Escobar, jurídico de SITCPLA y TCP durante 38 años. El representante sindical sostiene que entre las tripulantes existe una mayor prevalencia de cánceres ginecológicos, problemas de fertilidad, abortos espontáneos y otras patologías relacionadas con el aparato reproductor. A su juicio, estos problemas no responden a una única causa, sino a la combinación de factores propios de la profesión, como los cambios continuos de presión, temperatura y humedad, las alteraciones del sueño derivadas del trabajo nocturno y transoceánico o la exposición acumulada a la radiación cósmica durante los vuelos. Concretamente, según el Instituto Nacional de la Salud de Estados Unidos, existe un 41% más de riesgo de cáncer de mama entre las azafatas respecto a la población general, mientras que un estudio de Harvard situó la prevalencia en un 51%.

Ilustración que muestra la influencia del viento solar en el campo magnético terrestre.
Precisamente, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos advierten de que las tripulaciones aéreas están expuestas de forma continuada a radiación ionizante cósmica, un agente que la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC) considera cancerígeno para los seres humanos. Además, el organismo recuerda que esta radiación también se ha asociado a problemas reproductivos y cita investigaciones del Instituto Nacional para la Seguridad y Salud Ocupacional (NIOSH) que relacionan determinadas dosis recibidas durante el primer trimestre del embarazo con un mayor riesgo de aborto espontáneo. Aunque los CDC subrayan que siguen siendo necesarias más investigaciones para cuantificar el impacto específico sobre las tripulaciones, recomiendan reducir, cuando sea posible, la exposición durante el embarazo, especialmente en vuelos largos, polares o durante episodios de intensa actividad solar.
La experiencia personal de una tripulante de cabina, que prefiere mantener el anonimato, refleja la preocupación existente dentro del colectivo. Tras superar un cáncer de mama y mientras espera el resultado de una biopsia por un nuevo bulto detectado recientemente, asegura que "en el colectivo nuestro hay muchísimos casos; esta oficina no es sana". "Yo estoy convencida de que viene de aquí porque he llevado una vida bastante sana", afirma en declaraciones a Tourinews. La TCP lamenta además que, tras superar la enfermedad, el regreso al trabajo se produzca de manera casi inmediata, pese a las particulares condiciones de una profesión marcada por los cambios constantes de horarios, la alteración de los ritmos biológicos y la exposición continuada a factores ambientales propios del vuelo. Tanto ella como Escobar coinciden en que estas patologías deberían ser objeto de un mayor seguimiento epidemiológico y de estudios específicos que permitan determinar con mayor precisión el peso de cada uno de los factores de riesgo.
Más allá del cáncer: otros problemas de salud
Las patologías oncológicas no son las únicas que preocupan al colectivo. Las turbulencias, el trabajo continuo de pie y la manipulación de carros y equipajes convierten las lesiones musculoesqueléticas en una de las causas más habituales de baja laboral. A ello se suman los barotraumas y las perforaciones de tímpano asociados a los cambios de presión, especialmente cuando los tripulantes vuelan con procesos gripales o infecciones respiratorias. "Las lesiones musculoesqueléticas te pasan porque tú andas libre [sin cinturón de seguridad] por dentro de la cabina", explica Escobar, quien recuerda casos de fracturas, amputaciones de dedos o traumatismos sufridos durante episodios de turbulencias.
El desgaste psicológico también forma parte de la realidad de la profesión. La alteración permanente del sueño, los cambios horarios, el estrés y una escasa conciliación incrementan el riesgo de insomnio, ansiedad y otros problemas de salud mental. Escobar señala que diversos estudios apuntan además a una mayor predisposición a las adicciones y al suicidio entre el personal de vuelo, mientras que la TCP consultada resume el impacto acumulado de décadas en el aire con una frase contundente: "Yo me quito diez o doce noches al mes de sueño. Esto, al final, pasa factura". Para el sector, reconocer estos riesgos constituye el primer paso para adaptar la prevención y la vigilancia sanitaria a una profesión esencial para la conectividad aérea y el turismo.
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