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En el contexto actual, el turismo global también ha entrado en una nueva etapa y en búsqueda de un nuevo destino. No por falta de demanda, sino por un aumento estructural de la incertidumbre que ya está impactando en la energía, la movilidad y la confianza.
Las tensiones geopolíticas, la volatilidad energética y la fragilidad de la conectividad internacional han cambiado las reglas del juego para un sector especialmente sensible a los shocks externos. Y lo hacen en un momento de mayor fragmentación económica y reajuste de las cadenas de valor.
Este riesgo ya es tangible: se traduce en más costes operativos, cambios en los flujos turísticos y decisiones de inversión más prudentes
Así, factores antes considerados externos como la seguridad de las rutas, el precio de la energía o la estabilidad regional forman hoy parte del día a día del sector. Indicadores como el Índice de Incertidumbre Económica (IEX) lo confirman: la inestabilidad ha pasado al centro de la toma de decisiones. No solo encarece la energía, también modifica el comportamiento del viajero, reduce la anticipación de las reservas y complica la planificación empresarial.
Cuando la incertidumbre se alarga, el dinero se mueve con más cautela
El turismo ya no compite solo por atraer viajeros, sino por ofrecer confianza. Por eso, la estabilidad jurídica, regulatoria y operativa se vuelve clave.
España tiene una buena oportunidad: posicionarse como un destino seguro para invertir. Parte de una base sólida, pero mantenerla depende de políticas claras y de una estrategia alineada con la transición energética y digital. El cambio es claro: el turismo no puede limitarse a reaccionar, tiene que anticiparse. Hoy, ser resiliente significa adaptarse rápido y convertir la incertidumbre en ventaja.
Los datos son positivos:
- 97 millones de turistas.
- Más de 120.000 millones de euros de gasto en 2025.
Sin embargo, el éxito ya no se mide solo en cantidad, sino en valor. Porque la incertidumbre no afecta a todos por igual. Según BBVA Research, la demanda turística internacional se mantiene sólida incluso en fases de desaceleración, pero la rentabilidad se resiente por el aumento de los costes energéticos y financieros, especialmente en las pymes, que son la base del sector en España.
Ya no basta con llenar destinos
Es necesario proteger los márgenes empresariales en un entorno donde los costes pueden variar de forma abrupta en cuestión de semanas. Esto obliga a evolucionar también en el uso de los datos. Ya no se trata solo de prever la ocupación, sino de entender la exposición al riesgo: cómo afectan los cambios en la energía, los tipos de interés o la conectividad a la cuenta de resultados de las empresas.
Durante décadas, el éxito del modelo español se apoyó en su capacidad de atraer demanda internacional de forma sostenida. Hoy, el desafío es distinto: transformar esa afluencia en productividad, innovación y equilibrio territorial, en un contexto en el que los riesgos externos han dejado de ser excepcionales para convertirse en estructurales.
Porque el turismo ya no es solo un sector, es un sistema empresarial complejo que articula múltiples cadenas de valor: transporte, comercio, cultura, gastronomía, deporte o tecnología. Esta capilaridad es su fortaleza, pero también su principal exposición a factores exógenos.
En este nuevo contexto, el riesgo deja de ser una contingencia para convertirse en una variable estructural. El turismo es, por definición, un sector de confianza. Y la confianza es lo primero que se resiente cuando la incertidumbre se instala como escenario base. Por eso, la competitividad ya no se define únicamente por la eficiencia, sino por la capacidad de anticipación.
Este contexto está transformando las herramientas del sector: la inteligencia de datos se orienta a gestionar riesgos, la diversificación pasa a ser una política de resiliencia y la conectividad adquiere un papel estratégico ligado a la geopolítica, situando al turismo como un sector clave para la estabilidad económica. Al mismo tiempo, emerge una dimensión territorial que obliga a repensar el modelo ante la concentración de flujos y sus tensiones, con destinos como Baleares liderando el debate. El reto es extender esta transformación a todo el sistema, redistribuyendo la inversión y reduciendo la presión en áreas saturadas.
Porque la aceptación social será tan decisiva como la rentabilidad
La competitividad turística se construye hoy sobre cinco pilares interdependientes: productividad, inversión, talento, gobernanza y conectividad. Palancas de acción:
- La digitalización mejora la eficiencia y permite anticipar escenarios.
- La estabilidad regulatoria es esencial para atraer inversión.
- El talento sigue siendo el principal diferencial.
- La gobernanza debe avanzar hacia modelos más colaborativos.
- La conectividad requiere alinearse con la política económica exterior.
La sostenibilidad ha dejado de ser una cuestión reputacional para convertirse en una condición de viabilidad económica. La gestión del agua, la energía y los residuos impacta directamente en la competitividad. Pero el reto va más allá: avanzar hacia un modelo regenerativo, basado en la circularidad, donde el turismo no solo reduzca su impacto, sino que genere valor económico, social y ambiental en los territorios.
Esto implica repensar el uso de los recursos y diseñar destinos más eficientes, resilientes y equilibrados. Los que lideren esta transición no solo serán más sostenibles, sino también más atractivos para la inversión y más sólidos frente a la volatilidad global.
España parte de una posición privilegiada, pero el éxito en este nuevo ciclo dependerá de su capacidad para convertir la estabilidad en ventaja competitiva y liderar este cambio de modelo.
El turismo del futuro no será el que menos impacte, sino el que más valor sea capaz de regenerar
En un entorno de incertidumbre estructural, la confianza se convierte en el verdadero destino del turismo.
*Inmaculada Benito es directora de Turismo, Cultura y Deporte de CEOE



