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Pollença se ha convertido en un caso de estudio clave para analizar el impacto del turismo en suelo rústico en Mallorca, especialmente por su efecto sobre la movilidad. Un informe reciente pone de relieve que este modelo turístico, basado en viviendas dispersas, está estrechamente ligado a una elevada dependencia del vehículo privado.
Los datos evidencian diferencias significativas respecto al entorno urbano. Mientras solo un 3,4% de las viviendas en zonas urbanas requiere coche para desplazamientos básicos como ir al supermercado, en el suelo rústico este porcentaje se eleva hasta el 63,6%. La brecha es aún mayor en trayectos hacia la playa, donde el uso del vehículo alcanza al 98,1% de los casos.
Además, más de la mitad de estas viviendas —un 53,5%— necesita coche incluso para acceder a una parada de transporte público, lo que refleja las limitaciones de conectividad de este modelo territorial. Esta situación incrementa la presión sobre carreteras y caminos rurales, consolidando un patrón de movilidad poco eficiente.
Según publica Última Hora, el municipio cuenta con 2.634 viviendas en suelo rústico, de las cuales un 63,29% se comercializa a través de plataformas turísticas. Este modelo, tradicionalmente vinculado al desarrollo económico local, se sitúa ahora en el centro del debate sobre su sostenibilidad.
El estudio advierte de que el crecimiento del turismo en ‘foravila’ (zona rural de Mallorca) refuerza un modelo disperso que plantea retos en términos de planificación y gestión del territorio, abriendo el debate sobre los límites de su expansión en destinos maduros como Mallorca.




