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Durante años hemos escuchado que atraer turistas con mayor poder adquisitivo es una de las mejores estrategias para los destinos. Gastan más, pueden generar mayores ingresos por estancia y ayudan a posicionar una ciudad en mercados de alto valor. Pero ¿significa eso que su impacto es más sostenible?
La respuesta merece una reflexión.
Un hotel de lujo puede generar más ingresos con menos habitaciones, crear empleo especializado y apostar por proveedores locales. Sin embargo, también puede consumir grandes cantidades de agua y energía, mantener piscinas climatizadas o disponer de instalaciones que requieren muchos recursos.
Por su parte, el turismo medio puede contribuir a distribuir los ingresos entre pequeños alojamientos, restaurantes, comercios y empresas de experiencias. Pero, cuando se concentra en determinados lugares y fechas, también puede provocar saturación, presión sobre la vivienda y problemas de convivencia.
Entonces, ¿quién es más sostenible?
En mi opinión, el error está en medir el éxito turístico únicamente por el gasto del visitante o por las estrellas del hotel en el que se aloja.
Necesitamos analizar cuánto valor económico permanece en el destino, qué empleos se generan, qué recursos se consumen y cómo afecta la actividad a quienes viven allí.
Un turista que paga una tarifa elevada no es necesariamente más sostenible. Y una familia que elige un alojamiento de precio medio tampoco tiene por qué generar un impacto mayor.
La clave está en cómo se gestiona la actividad, qué decisiones toman las empresas y qué modelo de destino queremos construir.
Quizá el verdadero lujo del futuro no sea una suite con vistas al mar, sino un destino limpio, con identidad, servicios de calidad y una población orgullosa de recibir visitantes.
Y quizá el éxito del turismo medio no deba medirse solo por el número de viajeros, sino por su capacidad para generar prosperidad sin comprometer los recursos ni la convivencia.
No necesitamos enfrentar dos segmentos turísticos. Necesitamos que ambos asuman su responsabilidad y contribuyan al desarrollo del territorio.
Porque la pregunta no debería ser cuánto dinero deja un turista, sino cuánto bienestar genera y qué coste deja detrás.
*Ricardo Zapata García es Técnico y especialista en Turismo
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