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Durante años, Ryanair parecía inmune a las leyes de la física económica. Mientras todas las aerolíneas sangraban, ellos facturaban beneficios récord, reducían tarifas y seguían creciendo. Era el extraterrestre de la aviación: no respiraba el mismo aire que el resto.
Pues bien, el primer trimestre fiscal (abril-junio) ha demostrado que también tienen sangre roja. 538 millones de euros de beneficio suena bien, hasta que comparas con los 820 millones del año pasado. Un -34%. Y un 7% por debajo de lo que esperaban los analistas.
¿Qué pasó? O'Leary lo resume con elegancia: "indecisión del consumidor". Traducción: la gente no está tan segura de gastar 48 euros en un vuelo cuando el estrecho de Ormuz está bloqueado, la gasolina de aviación escasea y la economía europea da señales de agotamiento.
Ryanair ha bajado sus tarifas un 6% para mantener el volumen. Han transportado 61,3 millones de pasajeros (+6%), pero los ingresos apenas crecieron un 1%. Los costes, en cambio, se han disparado un 11%. La cuenta no cuadra.
Y aquí viene lo más interesante: se niegan a dar previsiones para el cierre de ejercicio. Cuando Ryanair no sabe qué va a pasar, es que algo grave está ocurriendo.
Ni el modelo low-cost más eficiente del planeta puede escapar de la geopolítica, del precio del combustible ni de la psicología del consumidor. Ryanair no es un extraterrestre. Es una aerolínea muy bien gestionada... que ahora paga el precio de ser demasiado dependiente de un entorno que no controla.
¿Seguirá siendo la referencia del sector? Probablemente. Pero ya no es invencible.
*Josep Bernat es director de Nuk Consultants
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