El bloqueo del estrecho de Ormuz y el consiguiente shock petrolero internacional han sacudido los cimientos del turismo global. Con el barril de crudo disparado y el queroseno erosionando los márgenes de las aerolíneas, un destino ultraperiférico y 100% dependiente de la conectividad aérea como Canarias debería, sobre el papel, ser el mayor damnificado. Sin embargo, la compleja geopolítica actual está activando un inesperado efecto escudo que otorga al archipiélago ventajas frente a sus competidores.

La tensión en Oriente Medio y el golfo Pérsico genera desconfianza inmediata en los mercados emisores hacia destinos del Mediterráneo oriental y el norte de África. En este tablero de incertidumbre, Canarias emerge como un baluarte de seguridad. Al ser territorio de la Unión Europea, ofrecer seguridad y estándares sanitarios occidentales —ya lo vimos en la crisis del hantavirus— y estabilidad política, se convierte de inmediato en el destino refugio para el turismo europeo que huye de la inestabilidad geográfica.
El encarecimiento de los billetes de avión debido al recargo por combustible ha herido de gravedad al turismo de larga distancia. Destinos tradicionales de invierno como el Caribe o el sudeste asiático se han vuelto prohibitivos para el presupuesto de la clase media europea.

Aquí reside una de las mayores ventajas de las islas: con solo 4 o 5 horas de vuelo desde el corazón de Europa, Canarias ofrece el único clima moderado del continente sin necesidad de cruzar el Atlántico. El archipiélago absorbe así un importante flujo de viajeros que, aun teniendo que pagar más por volar, prefieren la media distancia antes que renunciar a sus vacaciones de sol y playa.

La crisis energética no solo altera los cielos, sino también los mares. El desvío de buques y cruceros, que ahora evitan rutas conflictivas para rodear África por el Cabo de Buena Esperanza, ha colocado estratégicamente a los puertos de Las Palmas —que ya ha colgado el cartel de lleno— y Santa Cruz de Tenerife en el centro del mapa marítimo mundial. Los servicios de bunkering (repostaje), reparaciones navales y avituallamiento inyectan un flujo de capital en la economía isleña, diversificando los ingresos y amortiguando el impacto hotelero mientras se consolida como el hub logístico del Atlántico Medio.

A largo plazo, este estrangulamiento del petróleo se convierte en una oportunidad interna, pues ante la vulnerabilidad energética de las islas, se obliga a una aceleración sin precedentes de la transición ecológica. Los proyectos de energías renovables y almacenamiento que antes tardaban años en tramitarse hoy se priorizan por seguridad.
Aunque la crisis de Ormuz encarece el viaje, la geografía y la geopolítica juegan a favor de Canarias. Las islas no solo resisten el embate gracias a su condición de destino seguro y cercano, sino que se reposicionan como el hub del Atlántico del siglo XXI.

 

*Javier Vega Petrovelly es secretario del Centro de Iniciativas y Turismo de Gran Canaria.