Escucha el artículo ahora…
En Berlín volvió a latir el corazón de la industria turística internacional. La ITB Berlín, la mayor feria de turismo del mundo, celebró este año su 60.º aniversario. 97.000 profesionales del turismo; 5.601 empresas de 166 países; ministros, directores ejecutivos, inversores, lobbistas... Las cifras impresionan.
Pero cuando uno camina por los pasillos de la feria, surge inevitablemente otra pregunta: ¿Qué está celebrando realmente esta industria? ¿Más turistas? ¿Más vuelos? ¿Más hoteles? ¿O está celebrando quizá un crecimiento que hace tiempo superó sus propios límites?
Una feria bajo la sombra de la guerra
La ITB de este año comenzó bajo circunstancias inusuales, porque apenas dos días antes del inicio de la feria estalló la guerra con Irán. Mientras en los pabellones brillaban presentaciones impecables y en las pantallas se proyectaban paisajes paradisíacos, una pregunta flotaba en muchas conversaciones: ¿Hasta dónde se extenderá este conflicto?
La industria turística conoce bien la realidad de los conflictos geopolíticos. Un misil no golpea solo un objetivo militar, también cambia rutas aéreas, aumenta los costes de los seguros y destruye los planes de viaje de millones de personas.
Las primeras sacudidas económicas ya son visibles, sobre todo en la industria de los cruceros. En la región del Golfo Pérsico, el riesgo ha aumentado de forma drástica. Las rutas se modifican y las reservas se frenan; incluso surgieron tensiones políticas entre el gobierno alemán y la industria turística. El ministro alemán de Asuntos Exteriores reprochó a grandes operadores turísticos haber mantenido cruceros con decenas de miles de pasajeros en una región donde el estallido de una guerra llevaba meses siendo una posibilidad real.
La pregunta que se impone es sencilla: ¿La guerra ocurre solo en el frente o sus primeras consecuencias económicas se sienten en el turismo?
47 mil millones de euros en negocios… y 700 mil millones de dólares en deuda
En la ITB se habla de acuerdos comerciales por alrededor de 47 mil millones de euros, pero detrás de esa superficie brillante existe otra realidad: la industria turística mundial carga hoy con cerca de 700 mil millones de dólares en deuda bancaria.
Hoteles, aerolíneas, corporaciones de cruceros... Todos están sometidos a una presión permanente: tienen que crecer; no necesariamente porque el mundo necesite más turismo, sino porque las deudas obligan a crecer.
Sin embargo, casi nadie formula la pregunta esencial: ¿Más turismo significa automáticamente más prosperidad? La realidad demuestra lo contrario. Más turistas suelen implicar también: más riesgos, más presión sobre las infraestructuras, más carga para las ciudades y más destrucción de espacios naturales. En otras palabras, la cantidad no sustituye automáticamente a la calidad.
“Leading Tourism into Balance”
El lema de la ITB de este año fue revelador: “Leading Tourism into Balance" (conducir el turismo nuevamente hacia el equilibrio). Solo esa frase ya muestra que existe un problema estructural.
Cada vez más ciudades están descubriendo que el turismo puede sobrepasar sus propios límites: en Barcelona los ciudadanos protestan contra el turismo masivo, en Venecia se debate la introducción de tasas de entrada para visitantes o Ámsterdam intenta reducir activamente el número de turistas.
Hace pocos años la pregunta central era: “¿Cómo atraemos más turistas?”; hoy, en muchos lugares, la pregunta ha cambiado: “¿Cómo limitamos el turismo?” Es un cambio histórico. Por primera vez, la industria comienza a comprender que el crecimiento sin control no solo genera beneficios económicos, sino también costes sociales y ecológicos.
¿A quién sirve realmente el turismo?
Esto conduce a una pregunta fundamental: ¿A quién sirve realmente el turismo? ¿A las ciudades o las convierte lentamente en simples decorados para visitantes? ¿A las comunidades locales o las empuja poco a poco fuera de sus propios centros urbanos? ¿A la naturaleza o la explota hasta agotarla?
El turismo se enfrenta hoy a un desafío decisivo: el crecimiento por sí solo ya no puede ser el objetivo. Un sector económico que se define únicamente por cifras crecientes termina perdiendo su propia base.
Cuando dejé Berlín
Cuando abandoné Berlín, una sola pregunta seguía en el aire: ¿Hacia dónde va el turismo? ¿Será más grande? Muy probablemente, pero el tamaño por sí solo no significa progreso.
La verdadera pregunta es otra: ¿Tiene todavía la industria el control sobre su propio desarrollo o el turismo global se ha convertido ya en prisionero de su propia velocidad,
sus propias deudas y su propia obsesión por crecer?
Tal vez el sector debería formularse una pregunta aún más profunda: ¿El turismo está descubriendo el mundo o está empezando a consumirlo sistemáticamente?
Porque el turismo no es solo una industria. El turismo decide el futuro de las ciudades, el estado de la naturaleza y las condiciones de vida de las generaciones futuras. Por eso la industria necesita un nuevo enfoque: empresas con capital transparente, con principios éticos claros, que protejan la naturaleza y las ciudades y que no vean el turismo solo como una fuente de ingresos inmediata, sino como una responsabilidad hacia el futuro.
Pero incluso eso no basta. El turismo es también un sector que debe formar personas y crear oportunidades. Necesitamos empresas que formen a sus empleados, que desarrollen a sus equipos, que integren a la población local como verdaderos socios y que contribuyan de manera real al desarrollo regional.
Porque el turismo no está hecho solo de hoteles, aviones y cruceros. El turismo es también trabajo, cultura y el futuro de una región.
El turismo puede crecer, pero si ese crecimiento vacía las ciudades, destruye la naturaleza y profundiza las desigualdades sociales, entonces al final no perderá solo el medio ambiente. También perderá el propio turismo su legitimidad.
*Hüseyin Baraner es secretario general de la Asociación Mundial de Ciudades Hermanas para el Turismo




