Opinión

Los efectos del cambio climático en el turismo

En el mundo del turismo nadie se priva de hacer predicciones, a veces a base de información contrastada, otras mirando la bola de cristal

Ahora que todo el mundo está interesado en Oppenheimer y en el desarrollo de la bomba atómica no está de más recordar al físico más prestigioso de los que participaron en el proyecto Manhattan: el danés Niels Bohr. Decían en Los Álamos: “Bohr es Dios y Oppenheimer su profeta”.

Se atribuye al danés una de esas frases que tienen muchos padres: “Hacer predicciones de futuro es muy difícil”. Sin embargo, en el mundo del turismo nadie se priva de hacer las suyas, a veces a base de información contrastada, otras mirando la bola de cristal.

Como es bien sabido, las predicciones van perdiendo precisión a medida que se alejan en el tiempo. Predecir en marzo cómo va a ser el verano con los datos de reservas de avión, solicitud de derechos de aterrizaje, ventas de turoperadores y reservas hoteleras es fácil, a no ser que un cisne negro desbarate todo. Las predicciones del año siguiente tienen que ser más ambiguas y, a partir del siguiente quinquenio, simplemente difusas.

Sin embargo, abundan los predictores, especialmente los agoreros. En marzo de este año, cuando en el sector ya se sabía que nos esperaba una buena temporada, el Banco de España, que cuenta con el mejor departamento de estudios económicos del país, resaltaba en su informe que las señales para el verano y para el resto del año eran negativas. Daba poderosas razones: el ahorro acumulado durante la pandemia ya se había agotado, la inflación general en los principales países emisores que disminuía la renta disponible de nuestros clientes potenciales, la guerra en Europa y la paralización del turismo asiático, mientras que en España la subida de los precios de los hoteles era superior a la inflación general y faltaba personal. Llegó el verano y el principal problema que ha tenido el turismo en España ha sido la saturación de la mayor parte de los destinos turísticos.

Tras ese fracaso, los agoreros no pierden las esperanzas y atacan de nuevo al máximo nivel como ha hecho el Joint Reseach Center o Centro Común de Investigaciones, una entidad de la Comisión Europea que trabaja con organismos de investigación de los estados y con otras instituciones y agencias europeas y que ofrece, entre otras cosas, trabajos sobre anticipación que "ayuden a proporcionar el fundamento científico para futuras iniciativas políticas”. Creado en el marco del tratado EURATOM, desarrollan parte de su trabajo en el ámbito nuclear, pero han ido ampliando su área de actividad para cumplir con las leyes de Parkinson.

El JRC acaba de publicar un estudio sobre las consecuencias del cambio climático en Europa. En él, analiza los efectos concretos en el turismo sobre la base de unos estudios de alta calidad, como no podía ser de otra forma, dado el nivel de los participantes. Se centra en la relación histórica entre pernoctaciones y el índice de clima turístico, que es una variable vinculada al confort por las condiciones meteorológicas, otras variables económicas y el tipo de destino: costa o ciudad.

Las conclusiones generales que sacan del calentamiento son obvias: dentro de España, subirá el turismo en verano hacia los destinos del norte como Asturias, Galicia, Cantabria y el País Vasco, a costa de los mediterráneos; mientras que internacionalmente, en esa misma época, se verán beneficiados los países septentrionales, que recogerán a los turistas que optan por no ir al sur de Europa. Las pérdidas se verían en parte compensadas por más viajes en el resto del año.

Hasta ahora todo bien, pero como un grupo de sabios, supongo que bien pagados, no puede presentar unos resultados tan elementales, siguieron elaborando. Ya montados en el columpio, evalúan los cambios en función de la subida en grados, entre un mínimo de 1,5% y un 4%. En el primer escenario no hay problema, pero en el del calentamiento extremo hay cambios que pueden ser importantes y que los sabios evalúan no solo en centésimas, sino incluso en milésimas: por ejemplo, la caída en julio sería de un 5,72 % mientras que la subida en abril de un 8,89%.

Fuente: Comisión Europea

Los medios se lo han tomado en serio, El País titulaba: "Tomaremos el sol en las playas suecas", que se explica solo, o "¿Nos quedamos sin turistas?" de un medio del sector. Entre paréntesis: las playas atlánticas de Suecia y Dinamarca son magníficas y la temperatura del agua en verano es más alta que en Portugal debido a la corriente del Golfo y a las horas de luz diurna. Lo que ocurre es que hasta ahora algunos veranos podían caer en martes. Mucho tienen que cambiar las cosas para que los sureños vayamos allí a tomar el sol.

El problema que tienen estos estudios, por más sabios que sean los autores, es que parten de premisas que no conocen suficientemente. Un ejemplo: a España no vinieron el año 2019 18 millones de turistas británicos sino más o menos la mitad, que realizaron de promedio dos viajes —muchos más de 4—. Es más fácil asegurar que la inflación y el fin del ahorro acumulado afectan a un colectivo de una cuarta parte de la población que decirlo de otro que representa solo a uno de cada 7. Lo lógico es que estos últimos tengan mejor situación económica.

Y sobre el calor habría mucho que hablar. Con ocasión de un congreso de agentes de viajes británicos en Dubai, al que asistí como director de la Oficina Española de Turismo en Londres, cuando regresé a media mañana al aire acondicionado del hotel, tras un baño en el mar a 36 grados, me encontré en la piscina a un grupo de agentes tomándose unas cervezas al sol cuando, frunciendo el ceño y agitando la mano derecha arriba y abajo, les dije “menudo calor"; ellos me respondieron alzando las jarras de cerveza y con expresión risueña con otro "menudo calor".

Esto lo saben bien los responsables turísticos de los países del Golfo y de Arabia Saudita, entre otros, que están sabiendo atraer turismo europeo a pesar de temperaturas mucho más altas que los nuestros, más 4 grados.

Ni los sabios del JRC, ni los que nos dedicamos a estudiar el turismo sabemos cuáles serán las consecuencias en el año 2030 del calentamiento más allá de las genéricas. La diferencia es que, parafraseando a Donald Rumsfeld algunos sabemos que no sabemos, mientras que otros pretenden saber lo que no saben.

 

*Ignacio Vasallo es director de Relaciones Internacionales de la Federación de Periodistas y Escritores de Turismo (FEPET).

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