Opinión
¿Turismo de calidad o destino al límite? El reto de crecer sin romper la cuerda
El éxito de un destino no puede medirse solo por el número de estrellas de sus establecimientos, sino por lo habitable que es para todos
Hace apenas cuatro semanas leía en la prensa sobre la puesta de la primera piedra de un nuevo hotel en mi zona, Playa Blanca (Lanzarote). Se trata de un proyecto de gran lujo, con 97 suites; un producto que, sobre el papel, debería ayudarnos a posicionar el destino y atraer a ese turista de “alta gama” que todos, en teoría, deseamos.
Pero claro, cuando uno mira un poco más allá, ve que ese hotel se suma a otro que ya está en construcción a escasos 500 metros, con 342 habitaciones, y a otro más en otra zona de la isla con otras 356 habitaciones, ambos también de cinco estrellas. Estamos hablando de tres grandes hoteles de alta categoría naciendo casi a la vez en un territorio limitado, sin contar los proyectos que están aún en papel y podrán salir a corto y medio plazo.
La primera reacción, la que dicta el manual, es de entusiasmo. Pensamos que atraeremos turistas con mayor capacidad de gasto y que, por pura inercia económica, todos saldremos ganando. Es la teoría del "derrame": el residente prospera, se crea empleo y mejoran los servicios. Pero me van a perdonar que dude, porque si ese beneficio no se traduce en una mejora real para el que vive aquí los 365 días del año, si lo que acaba generando son cuellos de botella y una fuerte tensión en el día a día, entonces me pregunto para qué nos sirve realmente este desarrollo.
Desde luego, construir hoteles de gran categoría mejora nuestra imagen. Te pone en el mapa de un cliente exigente, permite subir tarifas y eleva el listón del servicio. Como hotelero lo entiendo perfectamente, y como estrategia de marketing de destino tiene todo el sentido del mundo. Sin embargo, siendo honestos con nosotros mismos, ¿podemos decir que somos un destino sostenible? Yo creo que, a día de hoy, la respuesta es no. Y si de verdad queremos serlo, tenemos que ponernos a trabajar muy en serio y, sobre todo, a muy corto plazo.
No tiene mucho sentido aspirar a ser un enclave de alta calidad mientras convivimos con restricciones en el agua potable o una tensión permanente en su suministro. No es coherente presumir de exclusividad cuando vemos nuestras montañas cableadas porque el consumo eléctrico crece y no se quiere, o no se puede, soterrar las líneas. Lo vemos también en las carreteras saturadas, donde un trayecto de diez minutos se convierte en una prueba de paciencia, o en una capital donde aparcar es ya una misión imposible. Y qué decir de la sanidad: llamas para una cita y te la dan a más de una semana vista, y si acabas en urgencias, encuentras la sala llena de extranjeros que también necesitan ese servicio.
A esto se le suma la realidad de que ya estamos literalmente sin mercado de trabajadores porque no hay viviendas donde puedan alojarse, sin contar con el agravante del absentismo desmedido. Si a eso le añadimos un aumento de la percepción de inseguridad, donde ni el que vive aquí ni el que nos visita se sienten tranquilos al caminar de noche, el cuadro empieza a ser preocupante. Al final, el residente es el mismo que atiende al turista, el que le sirve la cena, el que limpia su habitación y el que le recibe con una sonrisa en la recepción. Si el beneficio del turismo se convierte en un perjuicio para el residente, estamos rompiendo la baraja.
Se habla mucho de turismo sostenible, a veces tanto que el concepto se queda vacío de contenido. Para mí, la sostenibilidad no es solo poner placas solares o reciclar residuos. Un turismo sostenible de verdad es el que busca un equilibrio real entre satisfacer al viajero y proteger la calidad de vida de la comunidad que lo acoge. Si solo apuntalamos el lado del turista y descuidamos al residente, el modelo se vuelve frágil. La cuerda se puede tensar mucho, pero llega un momento en que se rompe. Y cuando un destino se vuelve incómodo para el que vive en él, termina siéndolo también para el que viene de fuera.
A veces pienso que deberíamos aplicar la lógica más básica de la construcción. Cuando se desarrolla una urbanización, lo primero que se hace es trazar las calles, instalar las redes de agua, luz y saneamiento, y definir los accesos y zonas verdes. Solo después se levantan las casas. Lo que no tiene lógica es construir el hotel y luego, ya si eso, ver de dónde sacamos el agua, cómo ampliamos la carretera, cuál es el origen de los suministros e incluso de los trabajadores. No se trata de prohibir que una zona crezca, sino de que ese crecimiento vaya de la mano de los servicios públicos. Si no cuidamos esa coherencia, dañamos el territorio y deterioramos la vida de nuestra gente.
Todos repetimos como un mantra que queremos dar el mejor servicio al turista, y es nuestra obligación porque es nuestro motor económico. Pero el residente debería sentir que vivir aquí es un privilegio, no una carga. Debería tener una sanidad ágil, una movilidad razonable, seguridad palpable y una vivienda de calidad a un precio adecuado. Si el residente trabaja por el bienestar del turista, el turismo tiene que contribuir, de forma tangible, a su calidad de vida.
El turismo de alta gama es una oportunidad magnífica, no me malinterpreten. Significa más inversión, mejores salarios potenciales y menos presión por volumen. Pero ese lujo no puede quedarse de puertas para adentro de los hoteles. El éxito de un destino no puede medirse solo por el número de estrellas de sus establecimientos, sino por lo habitable que es para todos. Turismo de calidad, sí; crecimiento, también; pero con la condición de que no sea a costa de romper la cuerda que nos sostiene a todos.
*José Ángel Vázquez Romero es director del Hotel H10 Timanfaya Palace (Lanzarote), director del área de Alojamientos Turísticos del Colegio Profesional de Turismo y miembro del claustro en el MBA Turismo del Instituto Canario de Turismo
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