Si el cambio climático es un hándicap para la mayoría de los destinos turísticos, muy difícil de revertir o mejorar sustancialmente, la pérdida de la biodiversidad es un hecho más acuciante, porque además sí se puede revertir, pausando el proceso de degradación y recuperando lo máximo posible el estado natural.

Para analizar el estado de la cuestión, sería bueno dar énfasis a unos datos turístico-económicos sobre la relevancia de la biodiversidad para el turismo. Y es que la WTTC ha calculado en su informe “Nature Positive Travel & Tourism” que el turismo basado en la vida silvestre supone, al menos, 340.000 millones de dólares anuales y conlleva la generación de más de 21 millones de empleos en el mundo, cifras que lo dicen todo, ¿o no es así?

Y por supuesto, estas cifras no incluyen el capital natural y social que conllevan los servicios ambientales provenientes de la existencia de ecosistemas saludables, es decir, con un nivel de biodiversidad más que aceptable y que tienen también su gran repercusión en el turismo, no solo de naturaleza y rural, sino en la actividad turística y de los destinos.
 

El turismo basado en la vida silvestre supone 340.000 millones de dólares anuales y conlleva la creación de más de 21 millones de empleos.


Pero ahora hagamos el sencillo ejercicio de mirar el presente desde el año 2050 y observemos cuáles han sido los destinos turísticos que han sobrevivido, mejorado o empeorado durante este periodo de tiempo de unos 30 años.

elefantes

Elefantes.

Pues mirando desde el futuro podemos analizar porque los destinos exitosos, es decir, aquellos que todavía tienen una buena rentabilidad y son competitivos, coinciden con aquellos que se tomaron muy en serio la sostenibilidad como estrategia y herramienta de gestión turística. Algo que, traducido, implica pensar que los recursos son finitos y que, por tanto, si no se gestionan eficazmente se pierden. Y eso es algo que ahora en el 2050 se puede comprobar, ya que muchos de los que no lo tuvieron en cuenta perecieron, dejando un entorno degradado, que provocó migraciones de las poblaciones rurales inmersas en estos destinos debido a la pérdida económica y, por ende, de empleos al entrar dichos destinos en declive.
 

Algunos confundieron el ‘core’ de su negocio, tratando de conseguir el mayor número de turistas en el mismo espacio y tiempo, y estos clientes percibieron la Naturaleza como si fuese un auténtico zoológico.


Y es curioso ver también destinos que basaban su turismo en la naturaleza y la vida silvestre, y, por tanto, dependen directamente de la preservación y calidad de la fauna, confundieron el core de su negocio tratando de conseguir la máxima rentabilidad en el mínimo tiempo, es decir, sin una estrategia de sostenibilidad, que, traducido, implica conseguir el mayor número de turistas en el mismo espacio y tiempo y que estos clientes pudiesen percibir la Naturaleza como si fuese un auténtico zoológico, alterando el hábitat y la etología de las especies y, por tanto, deteriorando sus poblaciones, lo que se tradujo en conseguir una muy baja calidad de experiencias de viaje y, en consecuencia, una disminución paulatina de turistas de calidad con poder adquisitivo, permitiendo solo subsistir con grandes números de visitantes de pocos ingresos, y esto supuso masificación y pérdida de biodiversidad y al final evolucionar hacia un destino totalmente en declive.

Por tanto, volviendo al presente a este final de 2022, estamos a tiempo de re-pensar los modelos turísticos y apostar por la gestión sostenible del negocio turístico, la regeneración de su entorno natural y social, independientemente de la tipología turística y del entorno donde se desarrolle y así garantizar el éxito y que este perdure en el tiempo.

Y así, cuando volvamos al futuro, a ese 2050, estaremos seguros de que los destinos que funcionan y han logrado los objetivos son los que supieron pensar en el mañana y no solo en el hoy y podríamos denominarlos “Destinos Paraíso”.