Ahora se llama Disneyland Paris, pero la historia es la misma. He leído muchos artículos explicando donde se iba a instalar el parque en caso de que hubiera sido España la seleccionada, pero los que de verdad estuvimos involucrados en este asunto hemos estado callados. Este año en el que se cumplen 25 años de la inauguración, en las afueras de Paris, es un buen momento para contar la historia tal y como yo la viví.

Mis relaciones con Disney empezaron en 1982, cuando la compañía estaba pasando un mal momento. Inmediatamente quedé fascinado por la profesionalidad de todos los empleados, la increíble gestión de las colas y la existencia de manuales de gestión. El aspecto físico de todos ellos era impoluto. Las calles inmaculadas con barrenderos disfrazados recogiendo hasta el último trozo de papel. Como no se podía fumar, no había ni una colilla por el suelo. Yo no había visto en Europa nada parecido. Estaba claro que había que aprender de ellos todo lo que fuera posible

En mis conversaciones con sus ejecutivos, me entere de que Disney estaba en negociaciones, que no iban por buen camino, con el Gobierno francés para construir un parque, que sería el primero operado por ellos fuera de Estados Unidos.

Mientras tanto, las elecciones generales de 1982 llevaron al PSOE al poder y el ministro de Transportes, Turismo y Comunicaciones, Enrique Barón, me ofreció la Dirección General de Promoción del Turismo. Le solicité autorización para iniciar conversaciones con Disney para estudiar la posibilidad de construir el parque en España.

Entré en contacto con Dick Nunis, presidente del área de Parques. A pesar de su apellido, una deformación de Núñez, Dick sabía muy poco de España al igual que sus colaboradores, Jim Cora o Lee Lanselle, con los que tendría que trabajar. Con los parámetros que ellos solicitaban (densidad de población, renta per cápita, número de turistas, climatología, infraestructuras, especialmente de transporte, etc.) fuimos seleccionando una serie de lugares.  

Cuando habíamos avanzado suficientemente, organizamos un viaje a España para que visitaran los posibles lugares y, sobre todo, conocieran el funcionamiento del sistema turístico español. Recorrimos Mallorca, la Costa del Sol, la Costa Valenciana y la Costa Catalana hasta Barcelona.

Las opciones quedaron pronto reducidas a dos: el triángulo Oliva- Pego- Denia y Salou Vilaseca, donde posteriormente se construyó Port Aventura.

En 1.984 tienen lugar dos acontecimientos que influyeron en el proyecto: en Francia Laurent Fabius, del ala liberal del Partido Socialista Francés, sustituye a Pierre Mauroy y su Gobierno se muestra más receptivo a la concesión de fuertes incentivos para construcción del parque; y el inversionista americano Saul Steinberg presenta una OPA hostil sobre Disney tras fuertes caídas en bolsa, y la obliga a recomprarle el 11% que ya había acumulado. El caos reinante forzó a Roy Disney, eterno Vicepresidente y sobrino de fundador, a tomar medidas. En alianza con el banquero Steve Gold y con el apoyo de la familia Bass, que había adquirido un gran paquete de acciones, consiguen el control del Consejo, y designan un nuevo equipo directivo liderado por Michael Eisner y Frank Wells, ambos procedentes del mundo del cine.

Esas circunstancias obligaron a replantear todo el asunto. Por parte francesa el propio Fabius se pone al frente de la negociación tratando de obtener un éxito que le ayudase en su débil posición política y los nuevos ejecutivos americanos, sin experiencia en el mundo de los parques, tenían que demostrar rápidamente que eran capaces de obtener mayores rentabilidades, por lo que decidieron que llevarían a cabo la explotación directa de los hoteles, lo que incrementaba los costes.

Ante la nueva situación que exigía fuertes inversiones públicas, el Gobierno Español encargó al Secretario General de Comercio, Guillermo de la Dehesa, que se hiciera cargo de este apartado.

Michel Eisner y Frank Wells volaron en diferentes ocasiones a Madrid y a Barcelona, acompañados de sus esposas que se ahorraban esa escala intermedia y seguían a París. Ni Madrid, ni Barcelona podían competir en “glamour“ con la capital francesa -no prestamos suficiente atención a la necesaria “seducción“ de las esposas.

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Avanzado 1985 presentamos a Disney el informe completo con el paquete de incentivos que incluía importantes inversiones, sobre todo, en infraestructura y exenciones fiscales, y Francia hizo lo propio.

Durante las Navidades de ese año, me llamó Dick Nunis para comunicarme que el Comité correspondiente (Eisner, Wells, Nunis, Cora y Lanselle) había optado por París. Algún tiempo después, el propio Nunis me confesó que en realidad el voto había sido tres a dos a favor de España pero que los dos grandes jefes forzaron la solución francesa más ambiciosa y también más arriesgada, frente a la opinión de los técnicos.

El 12 de abril de 1992 asistí a la inauguración. Estaba charlando con Michael Eisner un poco antes de que pronunciara su discurso de inauguración, cuando empezó a llover ligeramente. No pude evitar una sonrisa. Eisner la percibió y medio en serio, medio en broma me dijo que era un cabrón. Naturalmente, había señalado en múltiples ocasiones la bondad del tiempo en Tarragona frente a la climatología de Marne-La Vallée.

El parque ha sido éxito de público, han pasado 320 millones de visitantes, pero un fracaso económico para los accionistas de la sociedad francesa propietaria. Tan solo durante cinco años obtuvo beneficios. Al final, Disney se ha visto obligada a lanzar una OPA sobre la totalidad de las acciones. La oferta es de dos euros por acción cuando al salir al mercado en 1989 cotizaban al equivalente a 97 Euros y llegaron a valer 221 al abrirse al público.

Disney ya se había visto obligada  a meter mil millones de euros en 2014  tras haber hecho un préstamo en 2012 por mil trescientos. Ahora, ha inyectado otros mil quinientos. Se lo puede permitir. Con catorce millones de visitantes el pasado año, es un soberbio escaparate para el conjunto de sus productos y a lo largo de estos años ha cobrado más de 900 millones por comisiones.

El enorme paquete de incentivos incluía la extensión del tren de alta velocidad de cercanías REUR a Marne-la Vallée, media hora, para potenciar las visitas de los parisinos. Pero lo que los americanos no previeron es que muchos europeos preferían ver el parque durante el día y alojarse en Paris en hoteles más baratos. La apuesta que habían hecho por la explotación directa no funcionó. Sólo construyeron 7 hoteles con 5.800 habitaciones, ampliadas a 8.500, mientras que el acuerdo con el gobierno galo garantizaba 17.000. Ni los precios ni los factores de ocupación fueron tan altos como estaba previsto.

En el 2016, la sociedad propietaria del parque tuvo pérdidas superiores a los 700 millones de euros con un millón y medio de visitantes menos que el año anterior.

En 2003, Roy Disney dimite del Consejo de Administración y se enfrenta a Eisner, que había intentado marginarlo. Aliado de nuevo con Stanley Gold, consiguen desbancarle como presidente del Consejo, aunque se le mantiene como Consejero Delegado hasta septiembre de 2005 cuando abandonó la compañía.

En una cena en Londres en 2006 , Roy Disney me aseguró que la decisión de Eisner de preferir la opción francesa en vez de la española, que favorecían los técnicos, fue la primera llamada de atención y motivo del temprano enfrentamiento entre ambos .

Durante sus 25 años de existencia, Disneyland Paris ha sido una máquina de perder dinero, mientras que el más modesto Port Aventura está consiguiendo llegar a final de mes.